Nelson Mandela pretendió en su día que Sudáfrica fuera la moral del mundo.
Pero el tiempo pasa. Ahora es presidente sudafricano Jacob Zuma, y es otra cosa.
Se ha celebrado hace poco la cumbre de países africanos, y ha asistido el presidente de Sudán, Omar Hasan Al Bashir.
Aprovechando la visita, el Tribunal de la Haya y amnistía Internacional han pedido la detención del mandatario sudanés, declarado en busca y captura por la C.P.I. (Corte Penal Internacional), acusado del genocidio de 400.000 personas durante el conflicto de Dafur en 2003.
Nada, el presidente sudanés ha podido asistir con tranquilidad, darse un baño de gentes, hablar de democracia, y terminada la cumbre, volver a su país. Y eso que Sudáfrica es miembro del C.P.I. (supongo que para figurar), y tiene la obligación de arrestar a personas reclamadas por el Tribunal de la Haya. El presidente Zuma, carismático dirigente sudafricano, ni siquiera ha cumplido una orden de detención dictada por un juez de Pretoria. Debió pensar que un sátrapa está por encima de la justicia.

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