La caída de Raqa, o Raqqa, bastión del Califato, donde se ejecutaron y crucificaron a tantos inocentes, ha traído dos consecuencias.
Una: que haya menguado la marcha de yihadistas musulmanes europeos hacia allí. Ahora se les adoctrina para que atenten en sus países de acogida.
Y dos: En una ciudad devastada, donde deben quedar pocos civíles, los guerrilleros yihadistas se han afeitado las barbas y se camuflan entre los civiles. Algunos, reconocidos, se disculpan diciendo que ellos eran cocineros. Con tan pocos civiles como deben haber, fácil será detenerlos y ejecutarlos a todos.
No es el final del Califato, no seamos optimistas, los jefes ya se habrán marchado a otro lugar. Y me temo que, algunos, habrán pedido refugio político en Europa, pero por algo se empieza.

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